Desarrollo Espiritual

El Dios que Sacia mi Sed

Nuestra alma, al igual que nuestro cuerpo, experimenta sed. Una sed profunda que no se apaga con agua terrenal. Es una sed del alma, un anhelo que sólo encuentra reposo en la presencia de Dios. Salmos y Juan hablan de esta sed, revelando una verdad que resuena en lo más profundo de mi ser: mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo.

He aprendido, a través de los vaivenes de mi vida, que esta sed espiritual no es un vacío que pueda llenarse con placeres mundanos o logros personales. Es como el salmista describe, una necesidad profunda, un anhelo del corazón que sólo encuentra satisfacción en la comunión con Dios. Jesús, conociendo esta sed inherente al alma humana, extendió una invitación que aún retumba con potencia a través de los siglos: «Si alguno tiene sed, venga a mí y beba.»

No obstante, he caminado por muchos desiertos espirituales, temporadas áridas donde la sensibilidad a lo divino se empaña y las prácticas espirituales parecen perder su vigor. Es en estos periodos de sequedad donde la oración se siente distante, la alabanza se torna monótona, y la presencia de Dios parece esquiva. Proverbios nos advierte sobre la complacencia espiritual, recordándonos que incluso lo amargo puede ser dulce para el alma hambrienta.

David, en su transitar por desiertos tanto físicos como espirituales, expresó este anhelo insaciable por Dios. Al igual que los israelitas en su peregrinaje, he enfrentado la tentación de olvidar a Aquel que sacia mi sed, corriendo el riesgo de repetir los errores del pasado, de alejarme de la fuente de agua viva.

Me pregunto a quién estoy clamando por agua, quién es el defensor de mi alma. La vida, tan generosa en sus encrucijadas, nos presenta dos caminos: anhelar con fervor las corrientes de agua viva o sucumbir, vulnerable a los depredadores del espíritu.

Isaías nos invita a todos los sedientos a acercarnos a las aguas. Esta oferta divina no es meramente poética, sino una promesa tangible de saciedad y vida. En los momentos de aridez y ansiedad, cuando el alma se siente desfallecer, recuerdo que hay agua en el desierto, un manantial que nunca se agota.

La sed de mi alma me guía de vuelta a Él, a las aguas refrescantes de su Espíritu, donde encuentro la paz y la plenitud que tanto anhelo. Así, en cada paso y con cada suspiro, elijo clamar por esa agua, decidiendo no morir en el camino, sino vivir y prosperar bajo la sombra del Todopoderoso, el único que puede saciar mi sed.

William Velázquez Valenzuela

Amante de la escritura, la educación, la tecnología y su impacto positivo para extender el reino de Dios. Un poco de locutor y otro poco de teólogo.

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