La viuda y Eliseo

2 Reyes 4:1-7
Hoy en día, muchos profetas solo hablan palabras halagadoras, buscando mantener contenta a su audiencia. No confrontan el pecado, no llaman al arrepentimiento, ni advierten sobre el infierno. Pero Eliseo, como verdadero profeta de Dios, hablaba únicamente lo que Dios ponía en su boca. No tenía permiso para modificar o suavizar el mensaje.
En el pasaje que leímos, Eliseo encuentra a una mujer cuyo esposo había muerto, dejando una deuda enorme. Esta situación me recuerda a nuestra asociación de pastores llamada ADAM. Cuando un pastor o su esposa fallece, todos los socios aportamos $100 MXN por cada uno para apoyar al doliente.
Pero en el caso de esta viuda, su esposo no previno. De hecho, en los ranchos se acostumbra que cuando alguien ya se siente enfermo, corre a construir su bóveda en el panteón. Sin embargo, este hombre no dejó nada preparado. La esposa, desesperada y angustiada, clamó a Eliseo: “Tu siervo, mi marido, ha muerto…” (2 Reyes 4:1). Su situación era crítica porque el acreedor había venido a tomar a sus dos hijos como esclavos para saldar la deuda, una práctica común en el antiguo Israel.
Los hijos de esta mujer eran su única esperanza para el sustento del hogar, especialmente si ella ya era anciana. Sin embargo, Eliseo le respondió: “¿Qué te haré yo?” (2 Reyes 4:2). No tenía los recursos para ayudarla directamente, pero le preguntó: “Dime, ¿qué tienes en casa?”. Ella respondió: “Lo único que tengo es una vasija de aceite”.
Eliseo le dio instrucciones claras: “Ve y pide vasijas prestadas a todos tus vecinos, no pocas” (2 Reyes 4:3). Ella, obediente, salió con sus hijos a recolectar tantas vasijas como pudieron. Una vez que las tuvieron, Eliseo les dijo: “Enciérrate con tus hijos en casa y llena las vasijas con el aceite que tienes” (2 Reyes 4:4). Y así lo hicieron. Mientras llenaban las vasijas, el aceite no cesaba. Pero cuando se terminaron las vasijas, el milagro también cesó.
Este evento es similar al milagro de Jesús, cuando multiplicó los panes y los peces para alimentar a cinco mil personas (Mateo 14:13-21). Los panes y los peces no dejaban de multiplicarse hasta que todos fueron saciados. Este es el Dios que predicamos: un Dios que puede hacer maravillas con lo poco que tenemos.
Una vez llenas las vasijas, Eliseo le dijo a la mujer: “Vende el aceite, paga tus deudas, y lo que quede será para que tú y tus hijos vivan” (2 Reyes 4:7). De esta historia podemos extraer varios principios importantes:
1. Hay que prepararse
Nunca dejes a tu familia endeudada. Si ya sientes “pasos en la azotea”, es decir, que tu tiempo está cerca, deja todo preparado. Aprende de las hormigas, que se preparan para cuando el alimento escasea (Proverbios 6:6-8). A veces los cristianos somos malos administradores, gastando sin pensar en el mañana. Si Dios no hubiera intervenido, esta viuda y sus hijos habrían terminado como esclavos.
2. Acude a la persona correcta
Cuando necesites consejo, busca a alguien que pueda orientarte espiritualmente. Si acudes al impío, te llevará con el brujo o el hechicero. Pero nosotros tenemos un trono de gracia al cual podemos acercarnos confiadamente (Hebreos 4:16). Declara tu necesidad delante de Dios y busca a alguien confiable, no a un chismoso.
3. Obedece la palabra
La viuda siguió al pie de la letra las instrucciones de Eliseo. No se quedó esperando a que el milagro ocurriera por sí solo; tuvo que actuar, trabajando al ir casa por casa recolectando vasijas y llenándolas de aceite. Ella no puso peros, simplemente obedeció.
4. El límite lo ponemos nosotros, no Dios
Eliseo le dio la palabra, y ella actuó. Si hubiera conseguido más vasijas, todas habrían sido llenas. Nuestra medida está limitada por nuestra fe. Si siempre estamos queriendo renunciar, eso refleja nuestra pobreza espiritual. Tenemos un Dios abundante, pero hay que buscarlo y clamar a él. El aceite no cesará hasta que nosotros mismos pongamos el límite.
5. El milagro ocurre en lo secreto
El milagro del aceite no fue público; ocurrió en la intimidad del hogar de la viuda. Así también ocurre cuando oramos en secreto. La Palabra dice que cuando ores, enciérrate en tu habitación, y tu Padre, que ve en secreto, te recompensará en público (Mateo 6:6).
¿Cuánto tiempo le dedicas a Dios? Hoy busca un lugar en tu habitación y clama para que él llene tu vasija. Todo lo que clames en privado, lo recibirás en público.




