Vida en Cristo

Me gusta el Cristo de los cristianos, pero no los cristianos del Cristo

Hace ya algunos años escuché una frase, solamente una vez y se me quedó muy grabada: “Me gusta el Cristo de los cristianos, pero no los cristianos del Cristo” Esas palabras se le atribuyen supuestamente al famoso Mahatma Gandhi, que, aunque no era cristiano, admiraba mucho todo lo que tenía que ver con Jesús. Este hombre veía algo tan especial, tan magnético en todo lo relativo a la fe Cristiana, pero cuando miraba a algunos de sus seguidores, sentía una profunda decepción a causa de su comportamiento.

Me apena un poco escribir sobre esto, pues muchos de los que decimos que seguimos a Cristo, que Él es nuestro todo, pero ¿nuestras vidas realmente lo reflejan en nuestro día a día? A veces, honestamente, siento que estamos, como decímos en México, muy quemados. El mundo nos mira, y lo que ve no siempre es coherente con lo que predicamos los domingos o los días de culto.

La Biblia nos advierte sobre esto. En Romanos 2:24 Nuestras acciones pueden hacer que el nombre de Dios sea criticado.

Esa frase de «Cristo me atrae, pero sus seguidores me alejan» no es nueva. Ha rondado por ahí por mucho tiempo y, tristemente, sigue siendo famosa. Lo que nos dice es que la gente a nuestro alrededor esperaría ver algo real. No solamente palabras bonitas; quieren ver vidas que respalden lo que uno profesa.

Mira lo que dice 2 Corintios 3:2-3 (Haz click en el versículo) Somos como una carta. Para bien o para mal, el mundo, la gente, nuestra familia y vecinos, nos ven todos los días, con cada decisión, cada palabra, cada reacción, estás escribiendo esa carta de la que habla el apostol Pablo. ¿Qué estarán leyendos todas esas personas en tu «carta»? ¿Está leyendo a Cristo o está leyendo algo confuso y contradictorio? Es una pregunta que a veces me genera un poco de incomodidad, porque sabemos que no siempre somos el mejor «ejemplar» de esa carta. Pero precisamente por eso, mientras hay vida, hay esperanza.

Mateo 5:13-16: «Ustedes son la sal de la tierra; pero si la sal pierde su sabor, ¿con qué se salará? No sirve más para nada, sino para ser echada fuera y pisoteada por los hombres. Ustedes son la luz del mundo; una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder. Ni se enciende una luz y se pone debajo de un almud, sino sobre el candelero para que alumbre a todos los que están en casa. Así alumbre su luz delante de los hombres, para que vean sus buenas obras y glorifiquen a su Padre que está en los cielos.»

La sal preserva, da ese sabor necesario. La luz disipa toda oscuridad, guía. Ya estamos a la mitad del 2025, ¿Estamos siendo esa sal que hace una diferencia en nuestro entorno, en la escuela, con nuestros amigos y familia? ¿Estamos siendo esa luz que guía a otros hacia Cristo? Esto no se trata de ser perfectos o de «actuar» como perfectos. La Biblia nos dice en Gálatas 5:22-23 que el fruto del Espíritu —amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre y templanza— es la evidencia real de que Cristo vive en nosotros todos los días. No es algo que producimos con nuestro propio esfuerzo, sino algo que crece naturalmente cuando permanecemos en la Vid, que es Jesús, como nos dice Juan 15:5. Es una transformación que viene desde adentro hacia afuera. No es que sintamos la presión de demostrar a Jesús, es algo que sale tan natural cuando uno está pegado a su presencia.

El mundo nos tiene bajo la lupa. Y es que a lo largo de tantos años de cristianismo les hemos dado mucha tela de donde cortar, cuando ven incoherencia en aquellos que dicen seguir al Maestro, es obvio que se van a desilusionar.  No podemos permitir que nuestros errores opaquen la increíble belleza del evangelio. El mundo necesita ver a Jesús tal como Él es, para eso estamos aquí.

Si queremos ser esos cristianos auténticos que reflejan a Cristo, necesitamos empezar por el principio. Jesús mismo lo dijo en Juan 3:3 y 7: «De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios…»

Cuánta falta hace que el Espíritu Santo nos renueve por dentro, Si Cristo no vive en nosotros (Gálatas 2:20), es imposible vivir una vida coherente. Podemos intentar ser «buenos» por fuera, hacer obras de caridad si es posible, pero será una fachada, una «apariencia de piedad sin el poder de Dios» que menciona 2 Timoteo 3:5. Los frutos de nuestra vida revelarán de dónde venimos (Mateo 7:16-20). No se trata de reformar nuestra conducta; se trata de ser transformados desde el centro de nuestro ser. Necesitamos urgentemenre un revestimiento del poder santificador de Dios.

Hoy nuestros jovenes tienen una terrible lucha. Vivir una «doble vida» es cansado y agobiante. Ser una persona en la iglesia, otra en la escuela, otra con los amigos y otra en la casa… ¡En alguna medida, todos hemos pasado por ahí! El maestro fue claro: «Nadie puede servir a dos señores» (Mateo 6:24). Y el Apostol Santiago nos advierte que «el de doble ánimo es inconstante en todos sus caminos» (Santiago 1:8).

Cuando la Biblia habla de que nacemos de nuevo, nos convertimos en «nuevas criaturas» (2 Corintios 5:17). Esto significa que nuestra vida, antes toda rota y doble o hasta cuasdruple, ahora puede unificarse bajo la dirección del Señor. Vivimos como dicen los hermanos Bautistas «Coram Deo», es decir, ante el rostro de Dios (Salmo 139:7), sabiendo que Él nos ve en todo momento y en todo lugar. Nuestra meta es que lo que somos en privado, lo que nadie ve, sea tan honroso a Cristo como lo que predicamos en público en la iglesia. Esto solo podrémos lograrlo si elegimos andar en el Espíritu diariamente (Gálatas 5:16), dejando que el Señor guíe cada paso. Es un camino largo, no un destino instantáneo, y a veces nos caemos, pero la clave es seguir levantándose y volviendo a Él, jamás y nunca darle la espalda.

1 Pedro 2:9 nos dice que somos «linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anuncien las virtudes de aquel que los llamó de las tinieblas a su luz admirable». Fuimos llamados para anunciar Su luz. Y la mejor forma de anunciarla no es solo con palabras bonitas solamente o con publicaciones en facebook, sino con una vida que de verdad resplandezca.

Puede que te sientas abrumado, pensando en tus errores o en las veces que no has sido ese reflejo perfecto. Pero aquí está la buena noticia: El maestro no rechaza a nadie que viene a Él con el corazón arrepentido (Juan 6:37). Él siempre te va esperar con los brazos abiertos para perdonarte y ayudarte a empezar de nuevo, cada día.

William Velázquez Valenzuela

Amante de la escritura, la educación, la tecnología y su impacto positivo para extender el reino de Dios. Un poco de locutor y otro poco de teólogo.

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