Desarrollo Espiritual

Saliendo del cautiverio

“Cuando Jehová hiciere volver la cautividad de Sion, seremos como los que sueñan. Entonces nuestra boca se llenará de risa y nuestra lengua de alabanza; entonces dirán entre las naciones: Grandes cosas ha hecho Jehová con estos. Grandes cosas ha hecho Jehová con nosotros; estaremos alegres. Salmos 126:1-3”

En la historia del pueblo de Israel, encontramos momentos júbilo, momentos donde Dios les dejó ver su poder al pueblo escogido, sin embargo, debemos hablar también sobre los momentos de gran tribulación y cautiverio. Como el que tuvo lugar en el exilio babilónico que duró 70 años y fue profetizado por Jeremías en Jeremías 25:8-11. Durante este tiempo, Israel experimentó tres invasiones principales:

  • Primera Invasión (605 a.C.): Nabucodonosor conquistó Jerusalén y deportó a nobles y jóvenes talentosos, incluyendo a Daniel y sus amigos (Daniel 1:1-4).
  • Segunda Invasión (597 a.C.): En esta ocasión, más habitantes fueron llevados a Babilonia, incluyendo al rey Joaquín (el penúltimo rey de Judá) y al profeta Ezequiel.
  • Destrucción de Jerusalén (586 a.C.): En ese año, Nabucodonosor sitió Jerusalén, destruyó el Templo que había sido construido por Salomón y llevó al resto del pueblo al exilio en Babilonia.

Durante el cautiverio, los judíos tuvieron que adaptarse a una nueva cultura y entorno, debieron alimentarse de cosas que originalmente quizá no eran parte de sus costumbres pero algunos continuaron manteniendo su identidad y fe. Algunos profetas como Ezequiel y Daniel proporcionaron mensajes de esperanza y aliento durante este tiempo de prisión física y emocional. Daniel, por ejemplo, se convirtió en un alto funcionario en la corte babilónica y Dios le dio visiones sobre el futuro de Israel.

El Cautiverio

El cautiverio físico se refiere a la restricción física, como lo vivió Israel en Babilonia durante 70 años. Sin embargo, existe un cautiverio espiritual, cuando nuestro espíritu está oprimido por fuerzas negativas, llevándonos a un estado donde perdemos la libertad de vivir la plenitud que Dios desea para nosotros. Perdemos la capacidad de asombro, no nos alegra nada, no nos motiva nada, estamos en un circulo vicioso y aburrido del cual nos cuesta salir.

Tipos de Cautiverio que Puede Tener un Creyente
  1. Amargura: La amargura puede atrapar a un creyente debido a heridas no sanadas, resentimientos y falta de perdón. Es un estado emocional que envenena la mente y el espíritu. ¿Conoce usted una persona amargada? Hebreos 12:15 Dice que la amargura nos contamina.
  2. Orgullo: El orgullo impide al creyente reconocer su necesidad de Dios y de los demás, llevándolo a una vida de autosuficiencia y aislamiento, pensando que el con sus propias fuerzas puede lograrlo todo.
  3. Materialismo: El materialismo esclaviza al creyente al enfocarse en las cosas materiales en lugar de en las cosas espirituales y eternas. se afana tanto tratando de tener placeres que se olvida muchas veces de lo más importante, hacer tesoros en el cielo.
  4. Temor: El temor paraliza al creyente, impidiéndole avanzar en su fe y confianza en Dios. Puede manifestarse como miedo al futuro, al fracaso o al rechazo. Cuando dejamos que el temor nos tenga cautivos, podríamos permanecer durante años sentando en la ociosidad o en la comodidad, el gran tener que tenemos a comenzar o emprender algo en nuestra vida espiritual nos mantendrá siempre como espectadores, nunca como protagonistas.

Aún cuando alguien que está en cautividad, difícilmente puede ilusionar algo, durante el cautiverio de Israel, a pesar de la opresión, Dios les permitió soñar con la liberación. «Grandes cosas ha hecho Jehová con nosotros; estaremos alegres.» (Salmos 126:3). El temor y la amargura son prisiones oscuras que nos confinan lejos de la luz de Dios. Es vital continuar intercediendo por aquellos atrapados en estas prisiones, como nuestros familiares y personas cercanas, sabiendo que Dios puede abrir las puertas de cualquier cárcel espiritual.

  1. Romanos 8:15 muestra que, aunque el temor nos esclaviza, en Cristo somos liberados para llamar a Dios ‘Abba, Padre’.
  2. El temor como barrera mental: Un pensamiento no expulsado crece hasta convertirse en una muralla que nos separa de la gracia de Dios. Es por eso que todo pensamiento que venga atacar a nuestra mente, debe ser llevado cautivo a los pies de Cristo.
  3. El antídoto divino: La presencia de Dios es la cura contra el temor. «Aunque un ejército acampe contra mí, no temerá mi corazón.» (Salmos 27:3). Jehová es mi luz y mi salvación. No hay lugar mejor para sentirnos a salvo, más que la exquisita presencia de Dios. Debemos clamar cuando sintamos temor por cualquier situación y él como un Padre amoroso, que haría cualquier cosa por defender a sus hijos, acudirá a nuestro pronto auxilio
  4. La importancia de la revelación: Entender que nuestras luchas son temporales nos prepara para recibir los tiempos de gloria prometidos por Dios. Por muy duro que parezca nuestro panorama actual, debemos saber que esto es simplemente temporal, no siempre estaremos en la misma condición, vienen tiempos de victoria en el Señor.

El Poder de la Adoración

Adorar a Dios nos permite ver nuestros problemas desde una perspectiva elevada, reduciendo su tamaño porque los vemos desde la posición en la que Dios nos coloca. «Desde el cabo de la tierra clamaré a ti, cuando mi corazón desmayare. Llévame a la roca que es más alta que yo, Porque tú has sido mi refugio, Y torre fuerte delante del enemigo.» (Salmos 61:2-3). Cuando te sientas en temor, adora a tu Rey, cuando te sientas desanimado por causas internar o externas a ti, cae de rodillas y adora a tu Dios, nada suena mejor que un corazón quebrantado ante la presencia del Señor. Cuando tu adoras en momentos en los que humanamente sería entendible que te rindieras, es ahí cuando el poder sobrenatural de Dios actúa sobre el corazón de todo amante de su presencia.

Si te sientes en temor, en persecución, entra en el río de la gracia de Dios, donde se te ofrece una nueva oportunidad sin condenación. En el río caudaloso nada ni nadie puede hacerte daño, ahí no llega el desanimo, ni la ansiedad, ni la depresión, ni la agonía, ni la tristeza, sumergidos en ese río profundo y poderoso, no somos presa fácil de ningún cazador y ninguna bestia. Tan solo clama con el espíritu de adopción que te ha sido dado y clama: ¡Abba Padre, Ayúdame! que en cualquier momento entrarás con acción de gracias; en sus atrios con alabanza (Salmos 100:4). Decide no preocuparte, no tener miedo, pues reconocemos que «grandes cosas hará Jehová con nosotros, estaremos alegres.

William Velázquez Valenzuela

Amante de la escritura, la educación, la tecnología y su impacto positivo para extender el reino de Dios. Un poco de locutor y otro poco de teólogo.

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